útiles, pero reduccionistas y poco inclusivas


Tenemos la necesidad de simplificar la realidad gráficamente para comunicarnos desde la Grecia antigua y hasta hoy, cuando los emoticonos que quieren ser ‘imágenes de las emociones’ están presentes en todos nuestros mensajes online tanto cotidianos como profesionales y los iconos llenan nuestro entorno presencial en forma de señales. No están libres de polémica: son poco inclusivos, reflejan estereotipos, reducen la realidad a una única e, incluso, generan confusión y ambigüedad.

«Los emojis son útiles para expresarnos de forma rápida y sin lenguaje no verbal». «Ayudan a puntualizar el tono, a hacerlo más amable». «Ponen gesto en el discurso». Su utilidad es evidente, y le animamos a fijarse en cómo los utilizamos y en si las personas que nos socializamos como mujeres les añadimos más a menudo.

«Puede ser, nos han educado más en las emociones, al cuidar cómo nos expresamos, al no hacer daño. Nos ayudan a hacer matices para que el mensaje no se malinterprete», apunta Mariona López, de Waitala, plataforma digital de comunicación ética.

Aunque cada vez incluyen mayor diversidad, «las mujeres siempre son rosas o lilas y van con el pelo largo». «Es complicado porque el icono tiende a la simplificación máxima y cuesta representar a la diversidad», explica.

¿Nos representan los iconos?

Iconos por la diversidad de Waitala surgió cuando se dieron cuenta de que «en el lenguaje visual ocurre lo mismo que en lo no verbal» en todos los sentidos: «Como en el caso del masculino genérico: si te dicen que el paso está prohibido para las personas, sale un muñequito relacionado con el hombre.Cuando representamos a una mujer, en cambio, le añadimos una falda y la colocamos en situaciones en las que nos debería ser igual el género, representando temas de cuidados.Y ya ni hablamos de diversidad cultural o de diversidad funcional».

A partir de esa reflexión generaron iconos más inclusivos. Para ello optaron por soltar un poco la simplicidad porque «cuando haces un icono simple dejas fuera muchas realidades». Otra forma sería empezar a escoger qué realidades representamos, es decir, «que no sea un hombre haciendo muchas actividades distintas, que sea una persona que no represente la norma».

Respecto a los iconos para representar el género, las puertas de los lavabos son una muestra de que el debate está abierto. En el caso de los iconos por la diversidad, acabaron desdibujando los géneros: «Si marcábamos caderas, le poníamos barba. Intentábamos romper con las imágenes estandarizadas. ¿Qué importa si es un hombre o una mujer?».

Uno de los iconos que los hizo rodar más la cabeza fue el que hace referencia a la vejez. «Es un tema que no se ha representado demasiado y que se representa negativamente. Quisimos representar la vejez activa», comenta.

Para incluir estos iconos en nuestra comunicación diaria podemos descargarlas de la web y utilizarlas en nuestros documentos. También podríamos hacer stickers para compartirlos en la red, se le ocurre a López. Evidentemente, sólo podemos hacer presión sobre las redes sociales ya que los emojis disponibles están regulados, unificados y revisados ​​cada cierto tiempo por Unicode que tiene las grandes tecnológicas detrás.

El proyecto recibió muy buen recibimiento entre el profesorado y evolucionó con un libro y un curso online con dinámicas para reflexionar sobre los estereotipos en las aulas.

Sin embargo, ahora harían los iconos diferentes, sobre todo en lo que se refiere a la diversidad de cuerpos: «No vale que todas tengan un cuerpo normativo y para cumplir la cuota incorporamos a la persona gorda. Nos falta diversidad real, pero forma parte de la evolución del proyecto, y no hemos conseguido la financiación para continuarlo».

Paralelamente, trabajan para empezar un proyecto para hacer unos iconos por la diversidad en el mundo deportivo en el que hay mucho trabajo por hacer ya que «hay muy poca representación de las mujeres como entrenadoras, tienden a estar sexualizadas y los iconos de hombres ponen el foco en la fortaleza».

Pero este proyecto podría ser infinito, concluye. Y «hay que mojarte, y equivocarte», porque el proceso es parte del cambio. «No existe una solución única, pero hay que cambiar la mirada». Y las entidades sociales tienen una responsabilidad a la hora de comunicar, «partimos de una sensibilidad y por tanto debemos hacer expresamente este esfuerzo de empezar a modificar el imaginario visual».



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